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TE HUBIESE ENCANTADO, COMADRE

Por Ana Pedrero

Te hubiese encantado, comadre. Te hubiese encantado ver la Plaza de Valladolid llena y el cartel de relumbrón, con mi Morante antológico con la derecha en el cuarto y tu Manzana en redondo, buganvilla y oro en volandas por la puerta grande; con el loco Talavante dibujando naturales grana y oro y dos medias de esas que cierras los ojos y aún las ves.

Te hubiese encantado vivir la emoción lenta, inspirada, enroscada de mi Morante en Morante puro al fin, nazareno y oro, resucitado, después de una reaparición en Jerez que dejó con esas ganas locas que le quedan a los que esperan un milagro cada tarde y no se dan cuenta de que lo grande de los genios es precisamente eso, que después de un día sin milagro llega el tío, se pone con la derecha y dice “aquí estoy” y se lo cree, y vienen los duendes o los demonios y no puede con él ni el viento cabrón, que ya le resopló en el que abría plaza, ni ninguna fuerza de la naturaleza.

Y te hubiese encantado sobre todo el niño Manzanares, que lo bordó en el quinto con unas verónicas suaves como la seda, con una faena en los medios de gusto y temple, midiendo los tiempos, reposado, que ya en el primero había firmado pasajes de altura, aunque al de Cuvillo le faltó un pelín de tranco. Te hubiesen encantado los olés cerrados, la ligazón y el gusto, la profundidad con la derecha, el empaque. Te hubiese gustado el estocadón sello de la casa, recibiendo, que si entra a la primera pone la plaza patas arriba.

Te hubiese encantado el Tala, que aunque no anda del todo en su genio ya se va encontrando con su impredecible magia, esa magia horizontal que hace rugir a los tendidos, y ayer quiso mandar por abajo a su primero pero el viento, otra vez el viento, se le puso a la contra.

Te hubiese encantado ver a Suso, al que conocimos siendo casi un niño, desmonterarse, parear y bregar en plata de ley de la Nava, el mejor entre los mejores, que ayer anduvieron de diez.

Te hubiese encantado ese runrún de las tardes de relumbrón, el café y los gintónises antes de la corrida, el reencuentro en este inicio de la temporada. Ese ambiente de guapura, de orgullo por una pasión que me metiste en vena de plaza en plaza, cuando me contabas tu devoción por Manzanares padre, el torero más guapo de la historia, y la muñeca prodigiosa de Emilio Muñoz y las vivencias de todos los toreros que paraban en tu hotel, el viejo “Cuatro Naciones” de Zamora, y yo seguía el capote de Cepeda y buscaba a Paula como el último resquicio de la pureza y crecía.

Y a mí me hubiese gustado vivirlo contigo. Me hubiese gustado que me hubieses llamado para que te contase como tantas tardes te he contado, para tomarme la lección, para disfrutarlo juntas como si hubieses estado en la plaza, para que te sintieses un poquito orgullosa de mí.

Te hubiese gustado, comadre. Y te lo cuento ahora, once meses después de que el tabaco te arrease un tabacazo en el pulmón y te cerrase los ojos a la vida. Te lo cuento ahora porque entonces no pude, no supe escribirte. Y te hubiese gustado saber que no hay tarde de toros ya en mi vida en que no piense lo que te hubiese gustado estar. Lo que te gustaba vivir, sentir, transmitir la pasión, la emoción del toreo. Te hubiese encantado.

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