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CURRO VÁZQUEZ Y EL TOREO DE UN TIEMPO Y UN PAÍS

Por Paco March 

En Canal Toros y de la mano de Alfonso Santiago, distintos toreros destacados de la década de los 80 hablan de su tauromaquia, pero no sólo. Lo hacen también de los compañeros, los públicos, el toro, la crítica… y, en algún caso, del escenario social y político de la época, tal como ha sucedido en la muy reciente emisión del capítulo dedicado a Curro Vázquez. Viéndolo y oyéndolo, también disfrutándolo, pienso que cosas así (también ocurrió con Esplá y Fernando Cepeda de protagonistas) deberían ser de difusión en abierto y generalista.

Las palabras (del propio maestro de Linares, del cineasta Agustín Díaz Yanes y del banderillero José Luis de los Reyes) y las imágenes,  revelan a un torero que es quintaesencia de aquello que distingue a los elegidos y que, como los antes citados mencionan, va más allá de los números y los trofeos. Porque Curro Vázquez toreaba con el alma y a golpes del corazón, hundidos los talones en el albero y el pecho -la verdad, o sea- por delante.

Quien esto firma guarda como oro en paño en su memoria y en la retina la tarde del 20 de julio de 1987 en la Monumental de Barcelona. Se anunciaban toros de Baltasar Ibán con Ortega Cano y Jerezano completando la terna. Apenas tomada la muleta en sus manos, media docena de filas más abajo de mi localidad, casi pegado a tablas en terrenos del tendido 2 (donde eran asiduos gentes de la cultura catalana, como el pintor Joan Hernández Pijoan, el cineasta Antoni Ribas, el biólogo Jaume Josa, los escultores Joan Mora y Joan Gardy Artigas, el cantante La Voss del Trópico, el arquitecto y crítico taurino Antoni Gonzaléz o el periodista Juan Segura Palomares, entre otros) Curro Vázquez balanceó el trapo rojo, llamó ¡jé, toro! y éste se arrancó , como un tren, desde el otro extremo del ruedo.

El galope, el embroque y el muletazo fueron un estallido de júbilo, una tensión desatada que se prolongó durante la faena. Citaba Curro de lejos, se arrancaba el toro con excelente tranco y la embestida quedaba embarcada en muletazos en redondo, series cortas e intensidad máxima, rematadas con los de pecho barriendo el lomo del encastado ejemplar de Ibán. A cada serie el color del rostro del torero pasaba del rojo al pimiento morrón, desatado, henchido de torería, mientras brotaban los olés, cada vez más roncos. Toreo portentoso, categórico. Verdadero.

De su forma de entender y de estar en el toreo hablaron el propio Curro, Díaz Yanes y De los Reyes en la citada emisión televisiva. Pero también lo hicieron de un tiempo y un país que apenas balbuceaba en la recién estrenada democracia. Y todos coinciden en que fueron esos, los 80, años en los que, como ya había ocurrido precisamente en las décadas previas a la Guerra Civil y los cuarenta años de Dictadura, el toreo y la sociedad (con ella, los intelectuales) recuperaban una simbiosis que tan fructífera fue tanto en la creación artística como en la propia evolución del toreo y su presencia en la sociedad.

Años 80, años de libertad, de la “movida” que iba de Las Ventas al Rock Ola, de los cenáculos en los que los toreros eran foco de atracción para la gente de la cultura y la política (de izquierdas, además), retroalimentándose unos de otros, sin estúpidos puritanismos, abiertos, curiosos. Libres.

Los viejos aficionados compartían localidad de tendido y tertulia posterior en los bares de los aledaños de la plaza (no en el interior del templo y entre música estridente, claro) con jóvenes de todo pelaje y condición, chupas de cuero, crestas multicolores , “lengua muy larga y falda muy corta”. Pero aquello duró – sigamos con la canción de Sabina- “lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks”… Y poco a poco, entre torpezas y desidias propias y hostigamiento ajeno, llegamos a lo de ahora, “más tristes que un torero al otro lado de telón de acero”.

No sé yo -aunque barrunto la respuesta- cual habrá sido la audiencia del mencionado espacio dedicado a Curro Vázquez o antes a Esplá y Cepeda. Es más, tengo mis dudas en cuanto a si los aficionados (y aficionadas, por supuesto) que tanto vociferan desde el anonimato de las redes sociales habrán reparado en él, lo que no deja de ser un síntoma más, un ejemplo más, de nuestras miserias.

Pero si queremos que lo que supusieron aquellos años 80 (tan duros en cuanto a tragedias en los ruedos, lo que -aquello del mal que por bien no venga- sirvió para remarcar su pátina de verdad en el desafío entre la vida y la muerte) de esplendor en el ruedo y presencia en la sociedad regrese en el delicado contexto actual es tarea de todos abandonar trincheras infinitas y aportar trabajo, ilusión y generosidad. El propio Curro Vázquez le dijo en una ocasión a Díaz Yanes: “Si la profesión de torero fuera amateur y nadie cobrase, yo torearía gratis”. El romanticismo, otro valor en desuso.

 

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