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TORERO, ROJO Y FORMAL

(OBITUARIO)

Por Álvaro Acevedo 

Sin complejos y sin dobleces, nadie que lo leyera podía dudar de que lo que ahí había escrito era exactamente lo que pensaba. Torero primero y después torero, pero con el talento de saber contar las cosas en un papel, ha muerto Santi Ortiz después de tres años de valor sereno frente a la enfermedad, sin lamentos públicos.

En la plaza no llegué a verle, pero contaba él mismo que un toro de Cuadri lo mandó a estudiar, y se ganó muy bien la vida como profesor de matemáticas mientras escribía de toros con el conocimiento que da la experiencia práctica, con el sentimiento del que lleva dentro el toreo con todos sus miedos, sus palmas y sus sinsabores.

En la crónica era directo, brillante y justo, y no se casaba con nadie. Y en el gran reportaje, así como en sus magníficos libros, desplegaba su cultura taurina, vasta y profunda, cultivada con el paso de los años; y sentaba cátedra con la contundencia que da el verdadero conocimiento. Contemplando con paciencia infinita a los que pontifican en Twitter sin saber montar una muleta, uno no tiene más remedio que acordarse de Santi Ortiz, que como su amigo Antonio Corbacho, nunca aguantó a un tonto.

Belmontista y tomasista a muerte, un tío tan recto y tan cabal como Santi Ortiz no podía ser de otros toreros, y desde la distancia -jamás pretendió arrimarse al de Galapagar- desgranó su personalidad y tauromaquia como nadie en libros y reportajes excepcionales, pero este onubense afincado en Sanlúcar de Barrameda lo bordaba con cualquier torero que de verdad le tocara la fibra. En Cuadernos de Tauromaquia tuvo la generosidad de exponer su talento hablando de Manolete, Ordóñez, Rafael El Gallo, Chicuelo, Morante… Sus textos eran amplios y densos, pero merecían la pena por su claridad expositiva, por su dominio del lenguaje, por la contextualización de los temas y porque sabía de lo que hablaba.

Bético, formal, educado y rojo de los de verdad, contempló primero incrédulo y al final desencantado, la deriva de esta izquierda de nuestros días, que ni es izquierda ni es nada. La Parca ha venido a por Santi Ortiz, que esperaba con la templanza de los toreros buenos. Con él, además de un gran escritor, se ha marchado un trocito de la rectitud y honestidad que aún queda en este mundo. Te sigo leyendo, maestro.

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