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CON ÉL LLEGÓ EL ESCÁNDALO

(OPINIÓN)

Por Álvaro Acevedo / Foto: Plaza 1

Para que no haya lugar a la duda, y por si alguien quiere ya dejar de leer esto, yo soy de Antonio Ferrera. Lo soy porque hace varios lustros pensé que ya lo tenía todo dicho en el toreo, y cada año me recuerda cuán equivocado estaba. Lo soy porque Antonio ha logrado una de las cosas más difíciles que hay en la vida: desprenderse de una etiqueta. Sí, Ferrari quedó atrás hace mucho tiempo. Lo soy porque si a la torería andante se le propone matar entre marzo y mayo las de Dolores Aguirre, Pablo Romero y Adolfo Martín en Las Ventas, nos quedamos sin escalafón para varios meses. Él en cambio las ha matado y no de cualquier manera. Y lo soy porque este hombre al que algo parece atormentarle siente el toreo como el que más con 51 años y casi tantas cornadas en el macuto de su vida.

Porque, con las cornadas que acumula la terna que mataba el domingo la corrida de Adolfo Martín se podría estudiar el cuerpo humano. La más terrible, una de Paco Ureña, que en el tercero de la tarde sumó otra más a su palmarés de medallas sangrientas; las más fuertes, las de Manuel Escribano, que todavía enfila la puerta de toriles como el que va a comprar calentitos un sábado por la mañana; y las más numerosas, las de Antonio Ferrera. Agolpadas unas encima de las otras, hay partes de su anatomía que ya no tienen sitio para más.

No debemos confundir el envoltorio con lo medular, y en contra de Ferrera juega el hecho de ser libre como el viento, quizá sólo preso de sus impulsos, absolutamente ajeno al qué dirán. El capote del Conde Drácula no anuncia precisamente un exacto sentido de la lidia; sus puyazos no los hubiera firmado Badila; de su muleta al hombro no se espera un natural de cuerpo abandonado, sin sacar los brazos, toreando sólo con la cintura y las muñecas. Su estocada avanzando a paso militar no es que sea, digamos, la rúbrica ortodoxa al toreo cadencioso que desgranó en el segundo de su lote. Sus ojos desorbitados no son los de un torero maduro, capaz de consumar una tarde magistral, un compendio intachable de valor, improvisación, pureza y lucidez. Y sin embargo así fue.

Desbocado pero brillante; histérico pero pausado; visceral pero sereno; anárquico pero clarividente; eléctrico pero templado; caótico pero cabal. Provocador, libre, audaz… Yo diría que también artista. Para los que no se salen nunca del guion, para los que entienden la vida desde un punto de vista cartesiano, un majareta. Para mí, un tipo genial. Cuando se lo llevaban por la Puerta Grande vaciado de entrega y con los labios blanquecinos, sin una gota ni de saliva ni de sudor, sesudos aficionados teorizaban sobre el hecho taurino priorizando la ley sobre los sentimientos, las formas sobre el fondo, la norma sobre la pasión. Y escandalizados, negaban la legitimidad al triunfo más demencial de todo San Isidro. De ningún cuerdo se ha escrito nunca nada que merezca la pena.

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