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ÁLVARO DOMECQ ROMERO: HASTA SU NOMBRE ERA GRANDIOSO

(OBITUARIO)

Por Álvaro Acevedo / Foto: Maurice Berho

Cómo sería de colosal, que ni el diminutivo por el que se le conocía -“Alvarito”-, era capaz de empequeñecerlo. Y digo más: ni la enorme figura de su padre le hizo sombra. Álvaro Domecq Romero nunca fue, ni para el campo bravo, ni para el rejoneo, ni para el caballo español, el hijo de don Álvaro.

 

Se convirtió en figura del rejoneo sencillamente porque no existía otra posibilidad. Valiente a carta cabal, fuerte y enrazado, con un amor propio avasallador, nada se le ponía por delante. Y como a caballo era un portento de sabiduría y afición, sólo un toro podría haberle cortado el camino. Y ese toro no se atrevió a salir por ningún chiquero. Lideró junto a otros monstruos una época del rejoneo de la que ya no quedan ni los rescoldos, con toros briosos y duros y una competencia feroz que se libraba en el ruedo antes que en los despachos. Veinticinco años, más de dos mil corridas y millones de horas de monta y doma en “Los Alburejos”, el santuario del toro de lidia y del caballo de torear, sus dos grandes pasiones.

     

Su testigo en los ruedos fue tomado por sus sobrinos Luis y Antonio, que se forjaron en el picadero y la plaza de tientas de “Los Alburejos” bajo la mirada atenta del maestro. Alvarito les exigió desde el primer día como se había exigido a sí mismo, y después de sudar sangre y echar no pocas lágrimas, quedaron listos para defender el apellido como obligaba el peso de la historia. Y así lo hicieron.

  

Muchos años antes, creó en Jerez de la Frontera la Real Escuela de Arte Ecuestre, que es como haber levantado el Vaticano en Roma, e ingenió espectáculos únicos que recorrieron el mundo de parte a parte, quedando su impronta marcada a fuego allá por donde bailaron los caballos andaluces… Fiel guardián del toro que esculpió su padre, el toro de Torrestrella, mantuvo la ganadería en la cumbre hasta que “colocar la cara” fue más importante que “galopar”; hasta que la sumisión valió más que la raza. O sea, hasta que la modernidad se la llevó por delante, lenta pero irremisiblemente.

Nunca le vi presumir. Todo lo más, recordar con moderado orgullo sus hazañas en los ruedos; la gloria que dieron sus toros a tantos y tantos toreros. Hoy, sus herederos mantienen las últimas madres de Torrestrella en la finca “El Carrascal”, donde los mejores garrochistas de España todavía corren los erales de la casa a campo abierto. En su placita de tientas le vi por última vez, hace sólo unos meses. Una sonrisa leve adornaba su mirada, que era profunda y nostálgica, pero que empezaba a perderse en un horizonte nebuloso, de recuerdos confusos. Su sobrino Luis lo atendía con el amor con el que se cuida a un padre, con la veneración que se profesa al maestro, con el mimo que reclama una flor ya marchita. Los campos de Cádiz lloran por Álvaro Domecq Romero: hasta su nombre era grandioso.

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