(OPINIÓN)
Por Paco March
“A ti, Mario Cabré, torero en el Japón/ actor en Tarragona/ poeta en Asunción”
(Gerardo Diego)
Esta noche, víspera de Todos los Santos, la convirtieron en Halloween y sus disfraces y decoraciones de terrores, muerte y “truco trato”. Pero aún hay una tradición que pervive así que pasen los años aunque cada vez con menor eco: Don Juan Tenorio, la inmortal pieza teatral de José Zorrilla, que data de 1844. El Don Juan tiene su cita anual con los teatros entorno al 1 de noviembre y de entre los muchos grandes nombres de la escena española que lo han representado, sin duda está Mario Cabré.
El día de Reyes de 1916 nació en Barcelona Mario Cabré, hombre sensible y culto, actor, poeta, incluso presentador de televisión (“Reina por un día”, se llamaba el programa, tiempos de la España gris y televisión en blanco y negro). También torero. Mario Cabré tomó la alternativa en Sevilla, en 1943, de manos de Domingo Ortega, y hasta su retirada en 1960 toreó poco, cuando más en 1947 y 1948, dos décadas en las que los amos del toreo, más aún en Barcelona, fueron primero Manolete y Arruza; y después Chamaco y Bernadó. Su vida, como él mismo decía, fue un triángulo actor-poeta-torero, que le llevaba a torear en La Monumental y, acabada la corrida, hacer función del Tenorio en el Teatro Romea (del que también, para su ruina, fue empresario).
La familia, abuelos, padres, tíos, vivía en y por el teatro y, de niño, Mario hurgaba en los baúles o “entre cajas” donde encontraba vestimentas, bigotes postizos, pelucas, para jugar a ser actor, inventando mil historias hasta que, con catorce años, viendo jugar al toro a unos niños del barrio, sintió (sentir, verbo de conjugación ¡ay! en desuso) una nueva afición.
Debutó en público en Las Arenas con el apodo de “Cabrerito” y para que no se enterasen sus padres se vistió de torero en casa de un amigo y fue hasta la plaza en tranvía porque no tenía dinero para un taxi. Luego llegaría la alternativa y Mario vivió sin renunciar a sus pasiones, en las que el teatro (después, el cine) y el toreo se interferían. Su otra pasión, claro, las mujeres.
Si de toreo hablamos, de Mario Cabré queda el recuerdo para quienes lo vieron de verónicas a pies juntos o compás abierto y mano baja (como bien supo Ava Gardner), desmayo y lentitud. Los documentos gráficos lo atestiguan y las crónicas también hablan de que fue gran estoqueador.
Amó la vida y a las mujeres Mario Cabré, estrellas del cine como la griega Irene Papas o Ivonne de Carlo entre ellas, pero con Ava Gardner, realidad y leyenda tejieron un relato al que siempre se vuelve. El 14 de abril de 1950 llegó a España la Gardner para rodar con Mario, en Tossa de Mar (el pueblo de la Costa Brava que veinte años más tarde tendría el dudoso honor de ser el primero en proclamarse antitaurino) “Pandora y el holandés errante”. Al pie de la escalerilla del avión fue a recibirla el torero, ramo de flores en mano y en los labios lo único que sabía decir en inglés “Welcome to Spain”. Esa misma noche la escribiría “Llegada”, poema de amor con versos así: “¡Qué hondo escalofrío de raíces/ al verla se ha gravado de improviso”. Acabado el rodaje se acababa también el amor, vivido, soñado, compartido o no.
En 1976 un accidente cerebral del que tardó nueve años en recuperarse sólo parcialmente le apartó de todo y de (casi) todos hasta su adiós definitivo, en 1990, a un mundo que ya no entendía y que de vivir hoy aún entendería menos. No fue figura del toreo Mario Cabré, pero su dimensión artística, “torero de las supremas elegancias” se escribió de él, ahí quedó, como su nombre en la historia del toreo en Catalunya.
Una historia que la política y las traiciones quisieron interrumpir en 2010 pero a la que aún le quedan páginas por escribir. De momento –o para siempre– no en el ruedo de La Monumental pero sí con esos jóvenes que, sin haber podido asistir a una corrida en la plaza de su ciudad, quieren seguir los pasos de tantos toreros catalanes, como Mario Cabré. Y, entre ellos, otro Mario, Vilau, nacido hace 18 años en L’Hospitalet de Llobregat, salido de la Escuela Taurina de Catalunya y que en esta su primera temporada de novillero con caballos ha llamado la atención de todos y encara la de 2026 con todas las (fundadas) ilusiones, que son también las de la afición catalana.
De aquel Mario Cabré poeta y torero, actor y don juan, a este Mario Vilau, que tenía cuatro años cuando prohibieron los toros en su tierra, pero que, como otros y otras de su edad y también menos, se preparan y luchan por un sueño: ser torero y, además, en territorio hostil.
















































