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A PECHO DESCUBIERTO

(OPINIÓN)

Por Curro Núñez, ganadero y escritor. / Foto: Arjona

Hace unos días, poco después de despertarme en el campo alentejano, que es el lugar en el que resido, me dispuse a leer las portadas de la prensa digital, única información que recibo del mundo exterior; y en esas estaba cuando pinché en un periódico digital taurino y leí una noticia, una más, que me produjo un desasosiego que aún soporto con estoica paciencia. Resulta que, a cuenta de la nueva Ley Animal que estos individuos que nos gobiernan quieren tramitar para después aprobar dentro del mercadeo en que se ha convertido nuestra política nacional, pretenden prohibir -verbo muy utilizado últimamente- la distribución audiovisual de violencia animal; en román paladino, prohibir televisar corridas de toros y demás documentales o programas taurinos o de caza.

Es una más de las innumerables medidas y regulaciones que agreden directamente a nuestro mundo y forma de vida; y que llevamos sufriendo de manera impasible e impertérrita, y en muchos casos con una actitud pusilánime que roza la cobardía, esperando que alguien o algo se apiade de nosotros o de nuestro mundo, y pueda revertir la situación. Eso no va a ocurrir para nuestra desgracia; nuestros enemigos, los enemigos de nuestro mundo, ahora mal llamado mundo rural, son muchos y decididos. Quieren convertirnos en animales; sí, en borregos privados de toda libertad para elegir nuestra forma de vivir, sustrayéndonos nuestras costumbres, tradiciones y aficiones. Esa libertad que nos hace distintos de los animales, esa libertad que crea una barrera divisoria entre el animal racional del irracional, y sin la cual nos convertiríamos en meros súbditos de esta nueva casta política autoritaria e inquisitorial que quiere transmutarse en una nueva religión, ahora llamada ecología.

Allá por el año 1979, la organización Greenpeace, inspiradora de todas las organizaciones ecológicas actuales, reveló un manifiesto definitorio de su futura deriva dogmática. Dicho manifiesto enfatizaba que los sistemas de valores humanistas debían ser sustituidos por valores supra humanistas, colocando la vida animal y vegetal en la esfera legal y moral. Comenzaron a aparecer palabras y términos nuevos como medio ambiente, agricultura sostenible, caza responsable y, últimamente, mundo rural, que hacen del léxico parte de dicha doctrina. Creo que no debiéramos ir por ahí, mendigando o justificando nuestra existencia, nuestros gustos, aficiones y modo de vida, que al fin y al cabo es la vida de la gente que, como yo, vive por y para el campo, en el propio campo o en los pueblos inmediatos a ellos. Menos aún, siendo ellos ecologistas de asfalto, que mayoritariamente ni conocen, ni les interesa la realidad del campo.

No nos equivoquemos e intentemos utilizar su mismo léxico; nada malo tiene nuestra manera de expresarnos y entender el campo y su fauna. Muy al contrario, sin nosotros y nuestra pasión por la naturaleza y su hábitat, todo desaparecería. Nuestra educación, civismo y convivencia es muy superior a la de ellos; nuestro humanismo, mayor aún. Esa supremacía moral es sólo una fachada que utilizan para imponer su autoritarismo, y es por ello por lo que más que nunca debemos estar unidos para combatir con la palabra y los medios legales que nos asisten tal injusticia.

Debemos sacar pecho y no avergonzarnos de lo que somos y de lo que nos gusta. No debemos separar la caza de la tauromaquia, ni la ganadería de la pesca, puesto que la intención última de nuestros enemigos es acabar con todo, poco a poco, paso a paso, pues todos estamos en la diana progre de estos nuevos dictadores de la razón, y bien que lo sabemos los taurinos. 

La persecución a la que estamos sometidos no es nueva. Ya ocurrió con un Pedro Sánchez de principios del siglo XIX llamado Godoy, que prohibió los toros parece ser que bajo la excusa de que la plebe le abucheaba cada vez que se le ocurría asistir a una corrida. También lo intentó un extranjero que vino a reinar España de rebote llamado Felipe V, y no digamos algunos Papas o la inquisitorial Iglesia del siglo XVIII. Todos lo intentaron pero no lo consiguieron, y el único que lo logró, Godoy, poco tiempo pudo mantener tal prohibición, porque después vino otro rey extranjero apodado Pepe Botella que, fascinado por la tauromaquia, rehabilitó de inmediato las corridas de toros. 

Desgraciadamente, argumentar que la tauromaquia es una de las mayores contribuciones que ha hecho nuestro país al desarrollo cultural de la humanidad no es suficiente. Menos aún, reivindicar su naturaleza de arte supremo e instantáneo en el que el hombre y el toro ofrecen, en increíble compenetración, un espectáculo imposible de comparar con cualquier otro. Sí, el mayor y más deslumbrante, efímero y a la vez inolvidable cuando queda retenido en la memoria de quienes lo presencian. No digamos el marco, esas plazas de toros donde se desarrolla el toreo, algunas de ellas, verdaderas obras de arte arquitectónicas, o el protocolo y vestuario para su puesta en escena, que ya quisieran los jefes de protocolo de la Pérfida Albión o del autoproclamado imperio norteamericano de los EEUU.

No, no es suficiente lo anterior para despejar nuestro horizonte, el de los que amamos la Fiesta. Nuestros enemigos argumentan que el bienestar animal es determinante a la hora de legislar a favor de los animales, pero me parece cuanto menos una broma de mal gusto. Por supuesto, a ellos tampoco les vale el argumento ecológico, con el toro como principal protector de decenas de miles de hectáreas de dehesa, ni su vida en libertad hasta el momento de su lidia en la plaza. Todo lo anterior es aplicable a la caza o a la ganadería extensiva, pero les da exactamente igual. Por esta senda llegaremos a prohibir matar a una mosca, cuestión también tratada en el borrador de la nueva ley. No veo ninguna lógica en sus pretensiones maximalistas, y sí en sus intenciones últimas: prohibir por prohibir, cuestión muy propia del universo progre actual.

Un país donde abortar es un derecho, pero manifestarse en contra del aborto no; donde esta permitida la eutanasia, pero esta prohibido fumar en una terraza; donde un asesino puede ser aclamado en la calle sin haberse redimido, o una persona ocupar tu casa sin que la ley te asista; un país donde el feminismo rampante impide piropear a una mujer; un país donde si quieres ganar un premio de literatura tienes que utilizar un seudónimo femenino; es un país en definitiva en el que lo estrambótico acaba convirtiéndose en lo normal.

Todo esto me lleva a pensar que la única salida es la calle; manifestarse como hacen ellos, por supuesto cuando gobiernan otros, y hacerles ver que somos muchos, más de lo que ellos piensan, y para ello no tenemos más remedio que desperezarnos, yo el primero, y salir a pecho descubierto y orgullosos de ser como somos y lo que somos. El día 30 de marzo tenemos una cita en Madrid. 

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